Sesión de
Apertura de la
Investigación
Diocesana
sobre la vida, las
virtudes y la
reputación de
santidad
del Siervo de Dios
Juan Pablo II (Karol
Wojtyła) Sumo
Pontífice
reflexiones
conclusivas del
Cardenal Vicario
Camillo Ruini
Roma, Basílica de
San Juan de Letrán,
28 junio 2005
El pasado 13 de
Mayo, día de la Virgen
de Fátima, el Santo
Padre Benedicto XVI en
esta misma Basílica
Lateranense, terminado
su primer discurso al
clero romano, anunciaba
que había concedido la
dispensa del tiempo de
cinco años de espera
después de la muerte del
Siervo de Dios Juan
Pablo II (Karol Wojtyła)
y por lo tanto su Causa
de Beatificación y
Canonización podía
comenzar de inmediato.
Habían pasado sólo 41
días desde la muerte de
Juan Pablo II y era el
24° aniversario del
atentado que sufrió en
la Plaza de San Pedro el
13 de Mayo de 1981.
Seguro de
interpretar vuestro
sentimento unánime,
deseo renovar al Santo
Padre Benedicto XVI la
expresión de la más viva
gratitud de la Diócesis
de Roma, de la de
Cracovia y de todo el
mundo por esta decisión,
aceptando la petición de
un gran número de Padres
Cardenales, que se
hicieron portavoces de
la coral y ardiente
súplica elevada por el
pueblo de Dios en los
días inolvidables de la
muerte y de las exequias
de Juan Pablo II.
Parece inútil
añadir algo ahora - como
es costumbre siempre al
terminar la sesión de
apertura del proceso
diocesano sobre la vida,
las virtudes y la fama
de santidad de un Siervo
de Dios - para ilustrar
la figura de Juan Pablo
II y dar una motivación
a la apertura de su
Causa de Beatificación y
Canonización, puesto que
su persona es
universalmente conocida
y profundo y unánime el
convencimiento de su
santidad. Lo que voy a
decir nace, sin embargo,
de mi corazón y espero
que pueda encontrar una
feliz correspondencia en
el de cada uno de
vosotros.
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Sessione di Apertura
Basilica S. Giovanni in Laterano |
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Karol Jósef
Wojtyła nació en
Wadowice el 18 de mayo
de 1920, de Karol y de
Emilia Kaczorowska,
padres profundamente
católicos, y fue
bautizado el 20 de junio
del mismo año en la
iglesia parroquial de
Wadowice. Hacía poco
tiempo que Polonia había
recuperado su unidad e
independencia y sólo dos
meses después, el 16 y
17 de agosto, supo
defenderla
victoriosamente para sí
y para Europa,
rechazando la invasión
del Ejército Rojo en la
batalla llamada "el
milagro del Vístula".
Menciono este
acontecimiento, que
permitió al niño y al
adolescente Karol crecer
y formarse en un
contexto social y
cultural serenamente
marcado por el
catolicismo, porque he
escuchado personalmente
a Juan Pablo II recordar
en muchas ocasiones, con
emocionada gratitud, el
"milagro del Vístula".
En septiembre de
1926 Karol, llamado
familiarmente Lolek,
empezó a frecuentar la
escuela elemental. Más
tarde, siendo aún un
niño de nueve años, el
13 de abril de 1929,
perdió a su madre,
prematuramente fallecida
por enfermedad a los 45
años. Un mes después
recibió la primera
comunión. En 1930 pasó a
la escuela secundaria,
en el Instituto Estatal
de Wadowice, eligiendo
el curso neoclásico. De
nuevo el 5 de diciembre
de 1932, Karol recibió
otro gravísimo golpe: la
muerte del hermano mayor
Edmund, joven médico que
perdió la vida curando a
los enfermos de una
epidemia de escarlatina.
A solas con su padre,
fue guiado por éste
hacía una vida en la que
la oración y la ascesis
tuvieron un espacio
determinante, y en la
que encontraron un lugar
adecuado no sólo el
estudio, sino también el
juego, la alegría y el
deporte. Otra persona
que contribuyó
enormemente a la
formación cristiana de
Karol fue el Padre
Kazimierz Figlewicz,
joven sacerdote que
desde 1930 enseñaba el
catecismo en la escuela
de Wadowice y cuidaba de
los monaguillos, entre
ellos Karol, en la
parroquia. El pequeño
Wojtyła se confesaba con
él, lo admiraba y se
encariñó profundamente
con él. Por su parte, el
sacerdote describió a
Karol como "un joven
vivacísimo, de gran
talento, muy listo y
buenísimo".
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Vista dall'alto della Basilica di San Giovanni in Laterano |
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Momenti di forte emozioni |
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Los rasgos
particulares de la
piedad en los que el
joven fue formado fueron
el amor hacia la Virgen
María y la devoción al
Espíritu Santo,
características que
permanecerán
profundamente impresas
en su alma y a las
cuales fue siempre fiel.
Su vida religiosa fue
alimentada por la asidua
oración personal, la
frecuentación de los
sacramentos, las
prácticas de piedad, en
particular las
peregrinaciones a los
santuarios marianos, y
también a través de su
compromiso en las
asociaciones católicas:
en la vigilia de la
Asunción de 1934 entró
en el Sodalicio Mariano
de su parroquia y dos
años después llegó a ser
su presidente. Ya en
1934 Karol empezó
también a tomar parte en
algunas representaciones
y dos años después
inició una colaboración
intensa con el director
teatral de vanguardia
Mieczysław Kotlarczyk,
enamorado del teatro y
profundamente creyente.
El 3 de mayo de
1938 recibió la
confirmación, el 27 del
mismo mes consiguió el
diploma de bachillerato:
fue elegido para
pronunciar el discurso
de despedida en la
ceremonia de entrega del
diploma. En el mes de
agosto se trasladó con
su padre a Cracovia,
para inscribirse en la
facultad de filosofía de
la Universidad
Jagiellonica, y seguir
los cursos de filología
polaca. Como escribió en
su libro Don y Misterio,
este camino introdujo el
futuro de Juan Pablo II
"en el mismo misterio de
la palabra".
Pero al estallar la
segunda guerra mundial,
iniciada con la invasión
de Polonia el 1 de
septiembre de 1939,
cambió radicalmente el
curso de la vida de
Karol. En la primavera
de aquel año había ya
terminado el volumen de
poesías, entonces
inéditas, Salmo
renacimental, libro
eslavo del que forma
parte el himno Magnificat, en el
que se lee: "he aquí,
lleno hasta el borde el
cáliz con el fruto de la
vid en Tu banquete
celestial – yo, Tu
siervo orante –
agradecido porque
misteriosamente hiciste
angélica mi j uventud,
porque de un tronco de
tilo esculpiste una
forma robusta. Tu eres
el mejor de todos,
omnipotente tallador de
santos!". Estas palabras,
que no podemos escuchar
sin conmovernos, hablan
alto no sólo de la vida,
de la profundidad
espiritual, de la
comprensión de sí y del
genio poético del joven
Wojtyła, sino también,
proféticamente, de cómo
la Providencia ha
esculpido su figura y su
persona a través de los
dramas y de los
imprevistos de la
historia.
La universidad
Jagiellonica tuvo que
interrumpir los cursos
y, en septiembre de
1940, para evitar la
deportación a los
trabajos forzados en
Alemania, el joven Karol
empezó a trabajar como
obrero en una cantera de
piedra vinculada a la
fábrica química de
Solvay, donde trabajó al
año siguiente. Cómo esta
experiencia influyó en
él, cómo le permitió
tener una visión más
profunda y completa de
la realidad y de la
fatiga de la vida además
que de la solidaridad
entre los hombres, ha
quedado expresado de
manera emblemática en un
verso del poema La
cantera de piedra,
escrito en 1956: "toda
la magnitud del trabajo
está en el hombre".
El 18 de febrero de
1941 el padre, enfermo
desde hacía mucho tiempo
aunque no en peligro de
muerte, falleció de
repente. Karol pierde
así el último y
fortísimo vínculo y
afecto familiar. Más
tarde recordará: "nunca
me había sentido tan
solo como en aquella
noche de vela y de
oración, no obstante la
presencia de un amigo".
La vida, en la
Polonia ocupada, era
terriblemente dura, la
Iglesia sistemáticamente
perseguida, muchísimos
sacerdotes asesinados o
encarcelados. A pesar de
ello, y precisamente en
medio de esa situación,
el joven Wojtyła no sólo
continuó escribiendo, en
particular componiendo
dramas, y recitando en
el "teatro rapsódico"
clandestino, alimentando
así la resistencia moral
a la opresión nazi y la
identidad espiritual y
cultural polaca, sino
que continuó
profundizando en su
experiencia religiosa,
sobre todo en contacto
con Jan Tyranowski, un
sastre de alta
espiritualidad y un
auténtico forjador de
jóvenes, que lo dirigió
en la literatura de los
grandes místicos del
Carmelo: San Juan de la
Cruz y Santa Teresa de
Ávila, y al encuentro
con el Tratado de la
verdadera devoción a la
Santa Virgen de San
Luis María Grignon de
Monfort, gracias al cual
comprendió más
profundamente la unión
entre María y Cristo, y
del cual tomó el lema
mariano "Totus Tuus",
auténtico emblema de su
vida y no sólo de su
episcopado. Las
peregrinaciones al
santuario mariano de
Kalwaria contribuyeron a
delinear el camino de
oración y de
contemplación, que
orientaría los pasos del
joven Karol hacia el
sacerdocio.
Profesores y amigos,
ya en Wadowice y después
en Cracovia, le habían
dicho muchas veces que
les parecía destinado al
altar, pero Karol
siempre se había
resistido a esta idea,
sobre todo porque se
sentía atraído por otra
vocación: la del teatro,
las artes y las letras.
En el misterio de la
llamada al sacerdocio, y
de la acogida de la
misma por parte de
Karol, tuvo un papel
decisivo, como afirma
Juan Pablo II en el
libro Don y Misterio,
la gran figura de Adam
Chmielowski, el Santo
Fray Alberto, célebre
patriota y pintor polaco
que tuvo la fuerza de
romper con su arte
cuando comprendió que
Dios lo llamaba para
servir a los
desheredados y para
compartir su vida con
ellos. A él Karol
Wojtyła le dedicó el
drama Hermano de
nuestro Dios; más
tarde, siendo ya Papa,
lo beatificó en Polonia
en 1983 y lo canonizó en
Roma en noviembre de
1989, mientras caía el
telón de acero.
La vocación
sacerdotal de Karol
llegó a su plena madurez
a lo largo de 1942 y en
el otoño de ese año
decidió secretamente
entrar en el seminario
de Cracovia, que
funcionaba en la
clandestinidad, sin
dejar su trabajo de
obrero. Al mismo tiempo,
en su camino de
formación sacerdotal en
la Facultad teológica de
la universidad
Jagiellonica, también
clandestina, empezó el
estudio sistemático de
la filosofía, en
particular de la
metafísica. El Cardenal
Arzobispo de Cracovia,
Príncipe Adam Stefan
Sapieha, instaló poco
después el seminario
clandestino en su
residencia personal y
aquí el seminarista
Wojtyła encontró un
refugio desde septiembre
de 1944 y vivió la
liberación de Cracovia
por el Ejército Rojo, el
18 enero de 1945. El año
académico 1945-46 se
desarrolló regularmente
y el Cardenal Sapieha,
al decidir que Karol
Wojtyła completase sus
estudios en Roma, lo
ordenó sacerdote antes
que a sus compañeros de
curso, el 1 de noviembre
de 1946, en su capilla
privada. Muy emocionante
es la descripción que
Juan Pablo II nos ha
dejado, en Don y
Misterio, de su
ordenación y de las tres
Santas Misas que fueron
celebradas por el
neo-sacerdote el día
después, 2 noviembre, en
la cripta de San
Leonardo de la Catedral
de Wawel.
A finales de aquel
mes de noviembre Don
Karol estaba ya en Roma,
inscrito en los cursos
de licenciatura en
teología en el
Pontificio Ateneo Angelicum, donde
destacaba la figura del
Padre Réginald Garrigou
Lagrange, O.P., relator
de la tesis doctoral Doctrina de fide apud S.
Ioannem a Cruce (la
doctrina sobre la fé
según S. Juan de la Cruz),
que Don Karol defendió
el 19 de Junio de 1948.
Viviendo durante dos
años en el Colegio
Belga, en un ambiente
cultural y
teológicamente muy vivo,
el joven sacerdote
polaco se sintió animado
por un fuerte deseo de "estudiar
Roma", deseo que le
transmitió sobre todo el
Rector del Seminario de
Cracovia, P. Karol
Kozłowski; y,
efectivamente, de Roma
no sólo aprendió la
historia y la belleza,
sino que asimiló el aire
universal católico, que
se injertaba
espontáneamente en la
gran tradición católica
polaca. Don Karol en las
vacaciones de verano
visitó también Francia,
Holanda y Bélgica, en
donde conoció las nuevas
problemáticas pastorales
expresadas en la fórmula
"Francia, país de misión";
pero, por otra parte,
tras detenerse en Ars y
del encuentro con la
figura de San Juan María
Vianney, llegó a la
convinción de que el
sacerdote realiza una
parte esencial de su
misión a través del
confesionario, como él
mismo afirmó en el libro
Don y Misterio.
La actitud con que ya
entonces Don Karol se
enfrentaba a la vida
está muy bien expresada
en sus palabras, citadas
por un compañero suyo
sacerdote: "es necesario
organizar la vida de
manera que toda ésta
pueda glorificar a Dios".
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Il Postulatore,
Mons.
Sławomir Oder |
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De nuevo en
Polonia, fue enviado a
Niegowic como Vicario
parroquial; al año
siguiente fue llamado a
Cracovia como Vicario
Parroquial en la
parroquia de San Florián
para empezar una
capellanía para los
estudiantes
universitarios. A pesar
de los obstáculos
puestos por el régimen
comunista, dio prueba de
una extraordinaria
capacidad educativa y de
creatividad pastoral y
cultural: en efecto,
supo cómo penetrar en la
inquietud del corazón de
los jóvenes y entrar en
profunda sintonía con
ellos, introduciéndolos
al mismo tiempo en la
verdad, en la belleza y
en la complejidad de la
persona, de la
crucifixión y la
resurrección del Señor
Jesús. Desde entonces,
empezó a ejercer sobre
ellos aquel atractivo
maravilloso que
manifestará como
Pontífice, a través de
las Jornadas Mundiales
de la Juventud.
Después de la
muerte del Cardenal
Sapieha, el Arzobispo
Eugeniusz Baziak quiso,
sin embargo, que Don
Karol se dedicase a la
docencia universitaria
y, desde el 1 de
septiembre de 1951, le
concedió dos años
sabáticos para escribir
la tesis, que le
permitiría obtener una
cátedra: Valoraciones
sobre la posibilidad de
construir una ética
cristiana basada en el
sistema de Max Scheler.
Este estudio, que obtuvo
la aprobación académica
el 30 de noviembre de
1953, permitió al joven
sacerdote penetrar el
pensamiento
fenomenológico, llegando
a la conclusión de que
la fenomenología es un
instrumento importante y
precioso para investigar
las dimensiones de la
experiencia humana, que
necesita, sin embargo,
fundarse en la
concepción realística
del ser y del
conocimiento, cosa que
Don Karol ya había
profundizado en estudios
anteriores. Se evidencia
así la dirección de
fondo de su proyecto
filosófico personal, que
pretende vincular la
objetividad y el
realismo del pensamiento
clásico con el subrayado
moderno de la
subjetividad y la
experiencia, y que
culminará en la
importante obra Persona y Acto,
publicada en 1969,
cuando Karol Wojtyła ya
era Cardenal. Esta
orientación de fondo
quedará bien evidente en
su enseñanza como
Pontífice: quiero
recordar sólo las
primeras páginas de la
Encíclica Dives in
misericordia, con el
principio de la
conjunción "orgánica y
profunda" de
teocentrismo y
antropocentrismo.
La supresión de la
Facultad de Teología de
la universidad
Jagiellonica, decretada
por el régimen en 1954,
hizo que el nuevo
Profesor realizara su
carrera universitaria no
en Cracovia, como estaba
previsto, sino en la
Universidad Católica de
Lublin, desde el otoño
de 1954, obteniendo en
noviembre de 1956 la
cátedra de ética en la
Facultad de Filosofia,
en donde continuó hasta
1961 una regular
actividad académica. Son
estos los años de sus
continuos viajes en tren,
entre Cracovia y Lublin:
Karol Wojtyła, que, en
efecto, había aceptado
sólo por obediencia los
dos años sabáticos
concedidos por el
arzobispo Baziak,
prosiguió una intensa
actividad pastoral en
Cracovia, sobre todo con
los jóvenes,
compartiendo con ellos
incluso las vacaciones.
Además continuó
escribiendo dramas y
poesías.
Mientras estaba de
vacaciones con los
jóvenes, el 4 de julio
de 1958, Don Karol supo
por el Cardenal Primado
de Polonia Stefan
Wyszyński que había sido
nombrado Obispo Auxiliar
de Cracovia por el Papa
Pío XII, a la edad de a
penas 38 años, y fue
consagrado en la
Catedral de Wawel el 28
de septiembre, fiesta de
San Venceslao, patrón de
la misma Catedral, por
el Arzobispo Eugeniusz
Baziak. En el libro Levantaos, ¡Vámonos!
el mismo Juan Pablo II
describe ampliamente
estos acontecimientos y
el ánimo con que los
vivió. Ya la misma noche
de su ordenación fue en
peregrinación al
santuario de Częstochowa,
con sus amigos más
intimos, y a la mañana
siguiente celebró la
Santa Misa ante la
imagen de la Virgen
Negra.
Después de la
muerte del Arzobispo
Baziak, Mons. Wojtyła,
el 16 de julio de 1962,
fue nombrado Vicario
Capitular de la
Archidiócesis de
Cracovia por el Capítulo
Metropolitano. Un año y
medio después, Pablo VI,
el 13 de enero de 1964,
lo promovió a Arzobispo
metropolitano y el 8 de
marzo tomó solemne
posesión de la
Archidiócesis. Fueron
estos los años en los
que Mons. Wojtyła
participó intensamente
en el Concilio Vaticano
II, teniendo una
aportación
extraordinaria en la
elaboración de la
Constitución Gaudium
et Spes, en la
Declaración sobre la
libertad religiosa, en
la Constitución Lumen
Gentium y en el
Decreto sobre el
apostolado de los laicos.
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Altro momento della Memorabile Sessione |
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La experiencia
del Concilio fue
decisiva para el
Episcopado de Cracovia y
para el Pontificado de
Karol Wojtyła,
completando
armoniosamente toda su
formación y experiencia
anteriores. Permaneció
esculpida en él la
convinción de que el
Vaticano II es "el
acontecimiento clave de
nuestra época" (Discurso
al clero romano del 14
de febrero de 1991).
Para poner en
práctica el Concilio y
permitir a toda la
Archidiócesis revivir
este acontecimiento, el
Arzobispo Wojtyła,
creado Cardenal por
Pablo VI en el
Consistorio del 26 de
junio de 1967, convocó
el Sínodo de Cracovia el
8 de mayo de 1972,
después de un año de
intensos preparativos:
fue un Sínodo con una
participación
extraordinaria y
cautivadora, que duró
siete años y lo concluyó
el mismo Juan Pablo II
el 8 de junio de 1979,
en el IX centenario de
San Estanislao.
Estanislao es también el
nombre de su fidelísimo
Secretario, Mons.
Dziwisz, que todos
apreciamos enormemente,
que compartió con él su
vida durante 39 años y
ahora le sucede en la
Cátedra de Cracovia,
después del Cardenal
Franciszek Macharski,
otro amigo de siempre y
colaborador precioso de
Juan Pablo II.
Si me permiten
intentar una síntesis de
los veinte años en que
Karol Wojtyła fue Obispo
de Cracovia, diría que,
apoyándose en la
completa confianza en la
Divina Misericordia de
la que se había
alimentado siempre,
sobre todo a través del
encuentro con Sor
Faustina Kowalska - que
proclamó Beata el 18 de
abril de 1993 y Santa el
30 de abril de 2000 -
supo sintetizar su
fuerza intelectual y su
genio artístico con
aquel fuerte amor que el
Espíritu Santo le había
infundido a Cristo, a la
Iglesia, y a los hombres.
De esta manera logró ser
un Pastor capaz de
entender, guiar y hacer
crecer a su clero y a su
pueblo, incluso en
situaciones de extrema
gravedad. No sólo supo
resistir a la presión
del régimen, sino
también minar sus
fundamentos, en el plano
cultural y humano,
además que espiritual,
según las grandes
intuiciones que después
recogerá en la Encíclica
Centesimus Annus.
Fue el Obispo que tiene
y que debe tener coraje,
como escribió en el
último capítulo de Levantaos, Vámonos!,
y al mismo tiempo fue el
hombre y el testigo del
amor y del perdón, que
vence el mal con el bien,
según las palabras del
apóstol Pablo (Rom
12,21) recordadas en su
último Mensaje para la
Jornada Mundial de la
Paz.
El 16 de octubre de
1978, según el proyecto
de la Providencia de
Dios, Karol Wojtyła fue
elegido Obispo de Roma y
Pastor universal de la
Iglesia. Los ventiséis
años y medio de su
pontificado están
esculpidos en la memoria
y en el corazón de todos
nosotros y no es
necesario repetirlos.
Todos recordamos, en
efecto, su fuerte
invitación en el inicio
solemne de su ministerio,
el 22 de octubre de
1978: "no tengáis miedo!
Abrid de par en par las
puertas a Cristo!".
Invitación a la que él
mismo fue el primero en
ser siempre fiel.
Todos recordamos
sus numerosos viajes
apostólicos para
difundir el anuncio de
Cristo, nuestro único
Salvador, en todas las
partes de la tierra; sus
visitas a las parroquias
de Roma, el afecto y el
cuidado constantes con
que guió esta Diócesis,
a través del Sínodo, de
la Misión Ciudadana, del
Gran Jubileo que
comprometió a todo el
mundo. Recordamos la
extraordinaria
iniciativa pastoral de
las Jornadas Mundiales
de la Juventud, que han
abierto una nueva y gran
vía para el encuentro de
los jóvenes con Cristo.
Y no podemos
olvidar el amor y la
diligencia para con la
humanidad, siempre
amenazada, que lo
condujo a una incansable
acción para evitar las
guerras y restablecer la
paz, para asegurar a los
pueblos más pobres, a
los últimos de la tierra,
una esperanza de vida y
de desarrollo, para
defender la dignidad
intocable de toda
existencia humana desde
su concepción hasta su
fin natural; para
tutelar y promover a la
familia y al auténtico
amor humano.
No podremos nunca
olvidar su capacidad de
previsión y el coraje
con que contribuyó a
derribar el muro que
dividía a Europa y a
recordar a la misma sus
raíces cristianas. La
generosidad con que se
gastó por la unidad de
los cristianos, sentida
como concreta e
imprescindible voluntad
de Jesús; el empeño para
que las religiones
fueran portadoras de paz
entre los pueblos. La
sinceridad desarmante
con que pidió perdón por
los pecados de los hijos
de la Iglesia y al mismo
tiempo la fuerza y la
tenacidad con que
defendió y proclamó el
vínculo indisoluble de
la Iglesia con Cristo y
la integridad de la
doctrina católica.
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Nemerosa la partecipazione di Cardinali, Vescovi, Clero e popolo di Dio. |
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De esta doctrina,
de su verdad y de su
importancia para el
hombre de hoy, son
expresión ilustre sus 14
Encíclicas, el Catecismo
de la Iglesia Católica y
todos sus documentos y
discursos. Las 15
Asambleas del Sínodo de
los Obispos que convocó,
y la promulgación de los
Códigos de Derecho
canónico de la Iglesia
Latina y de las Iglesias
orientales son testigos
de su solicitud por la
colegialidad del
Episcopado, la unidad y
la vida de la Iglesia.
En la raíz de toda
esta infatigable acción
apostólica está sin duda
la intensidad y la
profundidad de la
oración de Juan Pablo
II, de la que muchos de
nosotros somos testigos
directos, de aquella
íntima unión con Dios
que lo acompañó desde su
juventud hasta el
momento en que terminó
su existencia terrena.
Deseo recordar sus
palabras, pronunciadas
poco después de iniciar
su Pontificado, el 29 de
octubre de 1978, en el
Santuario de la
Mentorella: "La oración
... es ... el primer
deber y casi el primer
anuncio del Papa, así
como es la primera
condición de su servicio
en la Iglesia y en el
mundo".
Pero hay otra
dimensión, igualmente
decisiva, del vínculo
que unió a Karol Wojtyła
a Cristo Salvador y a la
humanidad redimida por
El: es el vínculo de la
sangre. En el breve
poema Stanisłlaw,
escrito pocos días antes
del Cónclave que lo
elegió Papa, escribió:
"si la palabra no
convierte, será la
sangre a convertir". Su
propia sangre Juan Pablo
II la donó realmente en
la Plaza de San Pedro,
el 13 de mayo de 1981, y
después, no la sangre
sino toda su vida, la
ofreció durante los
largos años de su
enfermedad. En fin, su
sufrimiento y su
despedida, su bendición,
ya sin voz, desde la
ventana, al terminar la
Santa Misa de Pascua,
fueron para toda la
humanidad un testimonio
extraordinariamente
eficaz de Jesucristo
muerto y recucitado, del
significado cristiano
del sufrimiento, de la
muerte y de la fuerza de
salvación que en ellas
se puede encontrar, en
último análisis del
verdadero rostro del
hombre redimido por
Cristo. Por eso los días
de sus exequias fueron,
para Roma y para el
mundo, días de
extraordinaria unidad,
de reconciliación, de
apertura al espíritu de
Dios.
El Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, centró su homilía
de la Misa de exequias
del viernes 8 de abril
en la Plaza de San Pedro,
en la palabra "sígueme",
palabra que Jesús
resucitado dirigió a
Pedro cuando le encargó
apacentar a su rebaño (Gv
21, 15-23),
individualizando en el
seguimiento de Cristo la
síntesis de la
existencia de Karol
Wojtyła, Juan Pablo II,
y concluyó diciendo: "podemos
estar seguros de que
nuestro querido Papa
ahora está en la ventana
de la casa del Padre,
nos ve y nos bendice".
Sí, esta es también
nuestra seguridad y por
eso pedimos al Señor,
con todo el corazón, que
la Causa de
Beatificación y
Canonización que empieza
esta tarde pueda llegar
muy pronto a su
conclusión. Los
numerosos testimonios
que nos llegan sobre la
santidad de vida del
difunto Papa y de las
gracias concedidas a
través de él, confirman
nuestro deseo.
Termino, como
italiano, agradeciendo
enormemente a Juan Pablo
II el amor y la atención
que tuvo no sólo por
Roma sino por toda su "segunda
patria", Italia, y
agradeciendo desde lo
más profundo de mi alma
a la Iglesia hermana de
Cracovia y a toda la
querida nación polaca,
en la que Karol Wojtyła
recibió la vida, la fe y
su admirable riqueza
cristiana y humana, para
ser regalado a Roma y a
todo el mundo.
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Particolare del libretto della Sessione di Apertura |
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© fotos publicadas
por gentil concesión de
L’Osservatore Romano