En la vida de oración del Cardenal, su devoción mariana ocupaba un lugar muy importante, cuya
forma tradicional había traído de la casa paterna y de la parroquia. Cuando, durante el primer peregrinaje a su Patria, visitó
Wadowice dio gracias a Dios por haber podido, como dijo “fijar mi mirada en el rostro de la Madre del Perpetuo Socorro
(Ritorno in Polonia, Marietti Editore, Torino 1979, p. 123) Fue delante de esa imagen, en la nave lateral de la iglesia
parroquial, que, cuando era escolar, oraba por la mañana antes de las lecciones y en las horas de la tarde, al termino de éstas.
En Wadowice “sobre la colina” estaba el convento de los padres carmelitanos, que difundían la devoción a San Jose y al
escapulario carmelitano. El Siervo de Dios a la edad de 10 años se inscribió en la cofradía y le fue impuesto el escapulario
que llevo siempre, y con el cual se fue a la casa del Padre. Aclaro que era un “verdadero” escapulario – de tela, y no una
medallita colgada de una cadenita.
Ya hemos mencionado que en el periodo de Dębnik (un barrio de Cracovia) al inscribirse en el
“Rosario Viviente” había conocido a un hombre de profunda vida interior – Jan Tyranowski. Gracias a el se encontró con el
Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, escrito por Luigi Maria Grignon de Montfort. Contaba que debido
a la influencia de Jan y de la lectura del Tratado su “modo de comprender el culto a la Madre de Dios experimentó un
notable cambio. Primero de hecho estaba “convencido que Maria nos conduce a Cristo” pero a partir de allí comenzò “a comprender
que también Cristo nos conduce a su Madre” (Giovanni Paolo II, Dono e mistero…, p. 37-38 ).
Ateniéndonos al pensamiento guía de esta presentación, podríamos decir que no es solamente Maria
que nos conduce a arrodillarnos ante Dios, sino también Cristo nos conduce a ponernos de rodillas ante su Madre.
Entre las numerosas formas de piedad tan caras a su corazón, el Siervo de Dios privilegió,
desde su infancia, los peregrinaje a los santuarios marianos, especialmente a Czestochowa y a Kalwaria Zebrzydowska.
Para reconfirmar estas palabras citaré nuevamente lo que dice. Cuando estuvo en Kalwaria en el memorable año 1979, recordó,
conmovido, haber visitado aquel santuario de la Virgen muchas veces y haber recorrido sus “callecitas” de sacerdote, pero sobre
todo cuando era Arzobispo de Cracovia y mas tarde Cardenal. Venia con sacerdotes y con grupos organizados. Pero más a menudo
aún venia solo y caminaba a lo largo de las callecitas de Jesús y su Madre, meditando sus santísimos misterios. Confesó además
que “casi ninguno de aquellos problemas – que a menudo preocupan el corazón de un obispo – habían madurado en otro lugar que
aquí, mediante la ardiente oración delante de este gran Misterio de la fé, que Kalwaria esconde dentro de si (cfr.
Ritorni
in Polonia, p 118-19).