De rodillas ante al Hombre
 

Como san Fray Alberto, el Santo Padre también estaba de rodillas frente al hombre. No es casualidad, que cuando era vicario parroquial en la parroquia de San Florián dedicara a aquella figura un drama titulado Hermano de nuestro Dios. Es este “hermano”, es el hombre, cada hombre, especialmente un hombre necesitado. En cada persona el Siervo de Dios veía la imagen de Dios y así entablaba su relación con el hombre. Tenemos en la memoria sus manos tendidas hacia el hombre. Sus brazos abiertos estrechando a cada uno y a todos. Aún cuando aquellas manos fueron heridas por un hombre mezquino, no cerraron su puño, en un gesto de odio o deseo de venganza. Aquellas manos y con ellas también la puerta de su residencia episcopal estaban abiertas para todos. Venían tanto sacerdotes como laicos, gente simple y hombres de la ciencia y la cultura. Esas visitas se intensificaban en los días festivos: era partir el pan blanco navideño y compartir el huevo bendecido, pero ante todo compartir el corazón.


De obispo en Cracovia, oraba en la capilla hasta las 11, después recibía a todos aquellos que querían verlo. Escuchaba siempre con atención y paciencia a cada uno, jamás daba la impresión de tener prisa, de tener que cumplir con algo mas importante. Tuve la suerte de estar con él durante casi cuarenta años y puedo testimoniar, que jamás ha ofendido a nadie. Respetaba cada opinión pronunciada por el otro, aunque no la compartiese.


El profundo respeto por el hombre era profundo también por la mujer. Por eso nadie se sorprendía y en nadie despertaba sospechas su modo simple, sincero y puro de tratar a la mujer. En sus sermones y en sus publicaciones expresaba la belleza de la feminidad, porque Dios, en realidad, ha creado al hombre a su imagen y los ha creado hombre y mujer. Este respeto emanaba también de su profunda devoción a la Madre Santísima.


El profundo respeto por el hombre, también por el hombre joven. Era consciente que los jóvenes son el futuro de la Iglesia, por ello ya en los años pasados en Cracovia se encontraba con los jóvenes en los centros de pastoral universitaria y en los movimientos de los oasis. De Papa confeso que en aquellas actividades aprendió a estar con ellos, comprendió que significa ser joven, cuan bello y a su vez cuán difícil (cfr. Pielgrzymki, p. 444) Sabia mostrar la belleza de la vida que proviene de Dios y a El conduce. Gozaba de la vida y con su entusiasmo atraía a los jóvenes.


En el profundo respeto que el Siervo de Dios manifestaba a cada hombre, se lee la defensa de su dignidad. Los años del ministerio episcopal del Cardenal concidían con los tiempos de totalitarismo comunista, con la tribulación del hombre y la lucha ideológica que se intensificaba. En sus sermones y en sus escritos dirigidos a las autoridades, el Pastor de Cracovia reclamaba con toda firmeza el respeto a la dignidad del hombre y a los derechos de la persona humana, en un modo particular el derecho a la libertad religiosa. Era la lucha por nuevas iglesias y por lugares para la enseñanza del catequismo. Estaba junto a su pueblo ávido de Dios, muchas veces celebro a cielo abierto la Misa de Medianoche en Navidad, o aquella de Pascuas de Resurrección a fin de inducir a las autoridades al acuerdo por la construcción de la iglesia. Defendía al obrero, contrario a que fuese tratado como un instrumento de la producción, entre otros protestando contra la obligación de trabajar los domingos.

 


Juan Pablo II

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