A la luz de lo dicho podemos afirmar que el Siervo de Dios permanecía de rodillas ante Dios,
vivía de Dios y por Dios. Quien entraba en contacto con el , advertía muy pronto su profunda unión con el Señor. El contacto
con el acercaba a las personas a Dios, el hombre se sentía en cierto sentido atraído por el misterio de la presencia divina.
Me he encontrado muchas veces con personas que aseguraban que de él emanaba una luz. Todo ello brotaba de su unión con Dios
mediante la oración. No separaba en su vida sus ocupaciones de la oración. Todo era oración. Su vida era simplemente
oración.
El Señor le había concedido la enorme gracia de descubrir la oración y por su intermedio la unión
con El. En su vida el Siervo de Dios nos transmite una simplicidad evangélica. Su corazón había asumido la advertencia de
Jesús “Si no os convertís y no os volvéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos” (Mt. 18,3) Algunas de las
practicas de piedad, con las cuales el Siervo de Dios expresaba su amor por Cristo y por su Madre, puede decirse que son
considerados de piedad popular. El – un hombre de gran intelecto y espíritu de artista, no se avergonzaba del escapulario
de nuestra Señora del Monte Carmelo y de estas formas de piedad simples. En las
Las Horas de la Inmaculada Concepción de
la Santísima Virgen María, en los cantos religiosos populares, como por ejemplo los cantos natalicios polacos,
las Lamentaciones sobre la Pasión de Jesucristo en Cuaresma, sabía escoger siempre “riquezas teológicas y bíblicas”
(Giovanni Paolo II, Dono e mistero, Libreria Editrice Vaticana 1996, p. 39) Se ha conservado – escrito de su propio
puño en letra pequeña, en una hoja carta ya enmarillecida – un escrito de su consagración personal al Sacratísimo Corazón de
Jesús, que termina con las palabras “Todo por Ti, Sacratísimo Corazón de Jesús” Este escrito plegado en forma de escapulario,
lo llevaba siempre consigo.
Unido a Dios era un hombre de una total entrega a El. Por eso las dificultades y los sufrimientos
que no han faltado en la vida, jamás lo abatieron, sino que lo fortalecían en su donarse a Dios, en su
Totus tuus ego
sum.
Una expresión de esta confianza era también su pobreza. En su testamento papal escribió:
“No dejo tras mío propiedad alguna de la que sea necesario disponer “ . Y siempre había sido así. Vivía de veras de las
palabras de Cristo pronunciadas en el sermón de la montaña: “No os afanéis entonces diciendo: que comeremos, que beberemos
o con que nos vestiremos. (....) vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas
(cfr. Mtr 6,31-32).